domingo, 15 de junio de 2008

La salud es una cuestón cultural?


Cambalache
Basta la salud
Por Enrique Pinti


Cuando hace un tiempo vi Sicko, la película de Michael Moore, me puse a pensar en una de nuestras características nacionales más difíciles de explicar: vivir copiando y lograr tener lo peor de cada modelo imitado. El tema del film es, entre otras cosas, la salud pública y la manera en que países muy diversos, algunos con similitudes y otros diametralmente opuestos, enfocan el delicado tema que es nada más y nada menos que la búsqueda del alivio del dolor físico y psíquico que las enfermedades causan al ser humano. Lo grave es que un grupo de seres humanos legisla y decide desde el privilegio del poder político o económico cuáles serán las reglas y modos de aplicación de los recursos disponibles para atacar a enemigos tan mortales y comunes a todos, y, según los sistemas, se prioriza el negocio que la desesperación por aliviar el dolor crea o se generan redes burocráticas que, con el justificativo de su carácter gratuito, sepultan al enfermo y a sus familiares en un mar de formularios, esperas y postergaciones. ¿Y la sensatez? ¡Muy enferma! ¡Enfermísima! Yo diría casi terminal.

En la película (más allá de los conocidos maniqueísmos y excesos de Moore) se expone muy acertadamente la posición de países tales como Inglaterra, donde ni la arremetida ultraliberal de la Thatcher se animó a ir contra una de las medicinas socializadas más eficaces y antiguas del mundo occidental, cuya creación data de 1948, cuando los británicos estaban atravesando una crisis económica que incluía racionamiento en alimentos, energía, calefacción para los crudísimos inviernos de la época y, por supuesto, muchísimos casos de enfermedades, mutilaciones y demás horrores de la guerra. Sin embargo, o quizá por eso, los ingleses se pusieron de acuerdo en que con la salud no se juega y que un pueblo sano es un pueblo mucho más útil a la sociedad.

Canadá, un país americano sin la terrible experiencia de guerra dentro de su territorio, optó por el mismo sistema y durante muchísimos años fue ejemplar. Otro gran cineasta, Denys Arcand, canadiense y por lo tanto conocedor del tema desde adentro, en su film Las invasiones bárbaras critica duramente el sistema estatal de salud, según él, hundido y desvirtuado por la burocracia. O sea que todo puede discutirse, pero nadie puede negar la enorme cantidad de norteamericanos que han cruzado y siguen cruzando la frontera con Canadá para hacer tratamientos que no pueden afrontar en su propio país, donde 250 millones de ciudadanos tienen seguro médico y 50 millones están librados a su suerte, rezando para no enfermarse de nada más grave que una gripe o un resfrío.

En Cuba, la medicina es, como todo, absolutamente estatal y, más allá de la burda exageración de Michael Moore de mostrarlo como una especie de paraíso donde los insumos sobran hasta el punto de poder regalar remedios a granel a los americanos desprotegidos que llegan de la mano del cineasta a La Habana (vía Guantánamo), no puede negarse –y muchos argentinos lo experimentaron– que el grado de desarrollo para el tratamiento de ciertas enfermedades es destacable y barato en la isla.

¿Y por casa? ¡Enfermos! Hemos tomado lo peor de la burocracia estatista y la impiedad del peor capitalismo salvaje, y la que otrora fue la mejor salud de América latina es ahora una mezcla caótica de lo peor de todos los sistemas. Los esclavistas siempre fracasan porque el maltrato al que someten a sus vasallos es tal que, hambreados, golpeados, ultrajados y ninguneados, o se rebelan a lo Espartaco llenando de sangre y violencia sus países o mueren y dejan al perverso amo sin mano de obra.

La salud debe estar más allá de cualquier definición política: la salud no es capitalista, socialista, comunista, católica, judía o musulmana. La salud es lo primero y básico. Los discursos sobran, los remedios faltan o están a precios que enferman.

Basta la salud, decía mi abuela. Basta ya con la salud, parecen decir algunos funcionarios.


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